La libertad
La palabra más prostituida de nuestro tiempo es “libertad”. Todo el mundo la pronuncia, pocos entienden lo que implica, y casi nadie está dispuesto a asumir sus consecuencias. Queremos libertad como quien quiere un juguete nuevo: sin manual de instrucciones, sin esfuerzo, sin precio. Pero la libertad real no es cómoda. No es amable. No es segura.
Ser libre es cargar con tu vida sin excusas. Es no culpar al sistema, ni al gobierno, ni a tu pareja, ni a tu infancia, ni al azar de la genética. Es aceptar que lo que eres y lo que haces depende de ti. Y ahí es donde muchos se bajan del barco: porque la libertad significa también la absoluta soledad de las decisiones.
¿Quieres vivir libre? Prepárate para incomodar. Para incomodarte tú primero, porque ya no habrá lugar donde esconder tu fracaso. Y para incomodar a otros, porque ser libre es, en esencia, dejar de ser domesticable.
La máxima expresión de la libertad es también la más temida: la posibilidad de equivocarte sin nadie a quien culpar. Es elegir mal y vivir con ello. Es apostar por un camino que acaba en un precipicio, y no tener derecho a llorar por la caída. La libertad no es garantía de éxito; es garantía de propiedad sobre tu vida, incluso sobre tu dolor.
El libre absoluto es un individuo insoportable para el rebaño. Porque el rebaño necesita normas, muros y excusas para sentirse seguro. El libre no: el libre crea sus normas, derriba sus muros y destruye sus excusas. El libre no se ofende cuando alguien le contradice, porque entiende que nadie le debe validación. El libre no suplica igualdad de resultados, porque sabe que lo único justo es la desigualdad natural de las elecciones.
La libertad hasta sus últimas consecuencias es aceptar que nadie te debe nada y que nadie vendrá a salvarte. Que eres dueño hasta del polvo que respirarás en tu último día. Y sí, eso asusta. Porque si no hay salvador externo, tampoco hay verdugo externo: solo quedas tú.
Queremos libertad, pero no queremos pagarla. Preferimos cadenas cómodas: ideologías que piensen por nosotros, dogmas que nos absuelvan, rutinas que nos anestesien. Porque la libertad real es guerra: contra tu miedo, contra tu pereza, contra tu tendencia a refugiarte en el rebaño.
¿Quieres ser libre? Suelta las cadenas. Pero recuerda: el precio es todo. Y casi nadie, aunque lo grite en pancartas y hashtags, está dispuesto a pagarlo.
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